EL NUEVO , PADRE NUESTRO

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http://forner179.blogspot.com/
Viendo la hipocresía e injusticias a diario, parece imposible hacer algo para lograr un cambio. la motivación económica es el motor que mueve nuestro mundo, pero el simple dinero no es mas que una herramienta. La verdadera motivación es la supervivencia, nuestro bienestar y el amor por nuestros seres queridos. El problema resulta en confundir nuestra verdadera y vital motivación con la herramienta de que el actual sistema dispone para lograr nuestros objetivos es decir, el dinero.


Lo poco que oí sobre el partido de baloncesto olímpico del pasado domingo (y no lo digo con desdén: es, sencillamente y sin más historias, que no me vino bien prestarle atención, y no lo hice) confirmó mi ya arraigada conclusión de que muchos españoles tienen un problema psicopatológico con EEUU. Por un lado, aceptan todo lo procedente del imperio (cine, televisión, música, moda, lenguaje, fetichismo) con reverencia evidente, patéticamente lacayuna; por otro, sostienen que no lo soportan, e incluso que lo desprecian. “¡Venga, a por esos yanquis!”, clamaba un locutor radiofónico enardecido, al borde del infarto, como si los Gasol y compañía tuvieran el encargo patrio de vengar las afrentas de Cuba y el hundimiento del Maine.
Esa ambivalencia (“ambibalancia”, que dirían Les Luthiers) puede llegar a extremos cómicos: hace años me tocó ver cómo buena parte del nutrido público de un bar madrileño, que había asistido sin pestañear a la actuación musical de un señor de Nashville (en inglés, of course), se mosqueaba al aparecer acto seguido un cantautor catalán. “¡Coño, por lo menos que le pongan subtítulos!”, exclamó un parroquiano.
Imagino que mi desagrado ante esas cosas proviene de que veo el espectáculo justo desde la acera de enfrente. Admiro y respeto las expresiones culturales variadísimas de los muchos pueblos que habitan en los EEUU (de hecho colecciono algunas de sus muestras, en la medida en que puedo), pero odio que la maquinaria del star system estadounidense, con la ayuda de sus cómplices locales, se vaya cargando día a día, implacable, las raíces culturales de quienes merodeamos por este rincón del globo.
Ambas actitudes no sólo son compatibles, sino incluso complementarias. Amar a los pueblos no excluye oponerse a quienes los maltratan y malrepresentan. Se puede estar fraternalmente del lado de la buena gente de los EEUU y, a la vez, no soportar a los Bush. Por las mismas razones.
En suma: que si a mí me dicen “¡Venga, a por esos yanquis!”, sospecho que están tratando de manipularme. Sobre todo cuando quien nos jalea está a sueldo de una multinacional que tiene infinitos lazos con el imperio.Un marine reparte víveres y agua entre las víctimas del terremoto de 'Cité Soleil', suburbio de Puerto Príncipe. | AFP
¿Se puede llegar a un terremoto con maleta de ruedas? Sí. ¿Puede una revista que dedica su última portada a los maquillajes más sorprendentes y a las joyas que vienen para este año enviar a un periodista para la cobertura? Sí. ¿Puede llegar alguien a la zona más devastada del planeta sin agua, comida ni un teléfono en condiciones? Sí.
¿Puede la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional y Desarrollo) llevar a más de veinte periodistas dentro de un avión de emergencias? Sí. ¿Puede un periodista ponerse a llorar cagado de miedo nada más poner un pie en Puerto Príncipe al verse rodeado de negros? Sí, y ¿puede el ministro de Exteriores buscarles casa a todos los periodistas para que trabajen con "plena seguridad" cuando sólo ayer hubo tres réplicas y ni la policía ha sido capaz hasta ahora de tomar el control de las calles? Sí, y no sólo eso si no queJuan Pablo de Laiglesia, secretario de Estado para Iberoamérica, tuvo que perder un día entero en cumplir la orden del ministro, en medio de un desastre de estas dimensiones. Y además de todo eso incluyan ustedes a una estrella de la televisión nacional convertida en la mayor mosca cojonera de cuantos han pasado por ahí.
El jueves por la noche, junto a muchos otros informadores de todo el mundo, llegó la orden de los marines de EEUU para que la prensa abandonara las instalaciones del aeropuerto de Puerto Príncipe, que los periodistas habían tomado como base de operaciones para realizar su trabajo. En los últimos días en el aeropuerto desembarcaron miles de efectivos estadounidenses cargados hasta los dientes, los aviones militares aterrizaban cada pocos minutos y el material de emergencia corría de forma frenética por la pista pero paseando alegremente en medio de ese desmadre aparece siempre algún periodista. Y fumando.
¿En algún aeropuerto del mundo alguien permitiría una situación así? Pues aquí en Puerto Príncipe así sucedía hasta el jueves. Hasta que fueron expulsados del aeropuerto. Pero no sólo la prensa española sino los periodistas de medio mundo como era lógico.
Pero los periodistas no tienen toda la culpa no, si no que la tiene un paternalismo estúpido que hace que un señor de Moncloa tenga que aterrizar para ver si estamos bien. Aquí no hay desabastecimiento y la comida se puede comprar perfectamente en las calles, eso sí a precios disparatados aunque perfectamente asumibles para un señor que paga en euros. Así que no hay necesidad de ir a robar por la noche (sí, robar por la noche) la comida traída desde España para los equipos de rescate. Tampoco hay violencia, salvo saqueos puntuales, lógicos en estas circunstancias y la electricidad no se ha ido nunca. Pero no, muchos periodistas preferían vivir bajo el cobijo de la gallina de la AECID antes que enfrentarse solos a la una ciudad destrozada de la que lo desconocen todo.
Y aprovecho para adjuntar un artículo de Arturo Pérez Reverte, que lo explica todo mejor que yo:
"Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía. En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario 'Pueblo' los que me dieron como tal; pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea. Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete. Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica. No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse. Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto.
Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar. En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al Ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos. Ni compañeros, ni parientes. Ni siquiera se publicó la noticia. Mi situación, la que fuese, era propia del oficio y de la vida. Asunto de mi periódico y mío. Nadie me había obligado a ir allí.
Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá �de sirios y troyanos, oí decir el otro día�. Eso tiene su puntito, la verdad. Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número. Ahora y siempre. Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota. Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica. Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que Gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos. Que suele ocurrir.
Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura, alcanza extremos ridículos. Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí �imagínense cómo se agobian éstas� y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver. Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo. Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos. O que nos indemnicen los watusi. Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro. Donde llamas presunto asesino a alguien y tapas la cara de un menor en una foto, y la gente que mata adúlteras a pedradas o frecuenta a prostitutas de doce años se rula de risa. Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic, ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales. Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto.
Y claro. Cuando el pavo de la cámara de vídeo y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete. Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet. Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes. Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas. Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos. Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados. Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa."
Arturo Pérez Reverte
El portavoz de la Casa Blanca, Robert Gibbs, pronosticó ayer que el presunto cerebro de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el paquistaní Jaled Sheij Mohamed, será hallado culpable y condenado a muerte por organizar los ataques contra las Torres Gemelas, el Pentágono y el vuelo que se estrelló en Pensilvania.
"Mohamed será llevado ante la justicia y lo más probable es que acabe ejecutado por los crímenes que ha cometido", afirmó Gibbs sobre el hombre que se proclamó "responsable de la A la Z" de los atentados, y que se encuentra en la cárcel de Guantánamo, Cuba.
Por otra parte, la negativa de los neoyorquinos a que Manhattan sea el lugar donde los responsables del 11-S sean juzgados ha dejado a la Administración Obama sin lugar para celebrar el juicio. Asimismo, aumenta la oposición en el Capitolio para que los detenidos salgan de Guantánamo y sean trasladados a EE UU para ser juzgados. El departamento de Justicia busca con tantas ansias un lugar que se presente voluntario a ser la sede del juicio queregala 200 millones de dólares a la ciudad que acoja al tribunal, con sus detenidos, fiscales, abogados, testigos y los familiares de los más de 3.000 muertos en los atentados.
Peter King, un congresista republicano de Nueva York, ha presentado un proyecto de ley para que el Congreso niegue a la Casa Blanca el dinero necesario para trasladar a los terroristas de Al Qaeda desde Guantánamo. Por su parte, el senador republicano Lindsey Graham quiere impedir que la Administración organice juicios en tribunales civiles contra estos hombres. Lo que puede forzar a Obama a aceptar que estos individuos sean procesados en tribunales militares en Guantánamo, la prisión que se comprometió a cerrar el 22 de enero y que seguirá abierta, por lo menos, hasta octubre.
LAS FRASES
«Sheij Mohamed se va a encontrar con la justicia y se encontrará con su creador»
Robert Gibbs
Portavoz de La Casa Blanca
«Preferiría que el juicio se celebrara en otro sitio, como en una base militar»
Michael Bloomberg
Alcalde de Nueva York
ADN.es
Nota
Tela marinera, que no se enteren en Ascó que dan 200 millones que en seguida se apuntan para lo del juicio, como lo de los residuos nucleares. Menuda farsa lo de Guantánamo y lo del 11S.